Emprendemos
un camino, sujetamos las riendas de nuestra vida y nos decidimos a transitar
por uno de los tantos senderos que encontramos prefabricados en frente nuestro.
Estamos acostumbrados, nos levantamos cada mañana y continuamos con un
recorrido que creemos único y perfecto, una rutina, creada antes de nosotros,
creada antes de ser, ofrecida por un cúmulo social, por gente que de nosotros
no sabe nada; y nosotros simplemente.. estamos allí, eligiendo sin elegir,
caminando sin movernos, envueltos en lo mismo de siempre, quejándonos,
respetando ideas, vidas de otros, pero jamás la nuestra.
Por
momentos un movimiento intenso es parte de nosotros, nos recorre de forma
interna, nos empuja a descarrilarnos, nos golpea, nos duele, nos hiere. Queda
en ese momento, tan solo en nuestras manos la posibilidad de decisión, queremos
hacer, pero no nos animamos. Pensamos, reflexionamos, hablamos y preguntamos.
Necesitamos cambiar, recorrer y crear una historia que sea propia, que nos
pertenezca, necesitamos sentir que somos dueños de lo que hacemos.. creernos
seguros, capaces, únicos, fuertes.. necesitamos ser.
Pero,
en fin, si ya estamos prefabricados, ¿por qué decidimos cambiar? ¿porqué
necesitamos ese deseo de ser únicos, de ser diferentes? Porqué decidir cambiar,
si la comodidad que el mundo ofrece no es algo que nos esté haciendo daño.
Quizás la asfixia que supone la seguridad sea un parámetro de decisión, estamos
cómodos, pero no estamos realizados, nos asfixiamos por la rutina, por la falta
de elección, por la falta de intriga, por la simple falta de aire. Nos
asfixiamos de nosotros mismos, del otro, de la neutralidad, de la continuidad.
Entonces
nos movemos un paso más allá, nos revelamos contra la sistematicidad y
cambiamos, elegimos y empezamos a ser quienes somos, a ser nuestras decisiones
y a convivir cara a cara con nuestros miedos. Nos enfrentamos a la
verdadera realidad de la nada, al camino no marcado, a la piedra y al
obstáculo.
Nos
sentimos solos, diferentes, especiales, incomprendidos. Nos refugiamos en un
libro y en nuestros propios pensamientos. Sentimos la necesidad de saber si
estamos en lo correcto.. y empezamos a necesitar aceptación.
¡No
podríamos estar solos!. Sí, somos dueños de las decisiones que tomamos, pero
las consecuencias no sólo nos afectan a nosotros. Seguimos formando parte del
cúmulo social, que se sigue moviendo a la par nuestra, que nos sigue
acompañando con su rutina diaria, con su gente, con su hoy. Y por más que
seamos uno, único, yo, ni vos ni él, somos el ser de nuestra creación, de
nuestra toma de decisiones, creemos que sin formar parte de esa masa no seríamos
más que nadie.
De
ahí que nos preguntamos ¿porqué lo hacemos? ¿para qué lo hacemos? ¿para quién
lo hacemos?. Si buscamos aceptación, ¡nos movemos a la par de ella!. Creemos
que lo hacemos por nosotros, pero hasta no lograr una respuesta de satisfacción
en aquel ojo ajeno no nos sentimos completos. Resumiendo: yo (único) es = a yo
+ vos o él. Dejamos por completo la idealidad de la propia decisión para
envolvernos nuevamente en el qué dirán, dejamos de lado la revelación porque al
fin y al cabo, ¡lo aceptado es aquello que es parte de la enciclopedia social!.
En
pocas palabras, si posamos para una foto, si creamos una imagen, si fabricamos
una identidad (interesante y revolucionaria, loca y desvariada) pero que es
sólo parte de aquello que es socialmente bien aceptado, no estamos siendo
nosotros, simplemente estamos caminando al lado de ese camino prefabricado,
sintiéndonos quizás un poco más “copados”.
Empecemos
a mirar para adentro, empecemos la verdadera revolución interior.. nada es
extremo, la sociedad está presente en cada decisión.. ¡pero que la mirada no
influya!
Seamos
lo que verdaderamente queremos ser..
Dejo
unas palabras que me motivaron. Son parte del capítulo seis del libro “La
insoportable levedad del ser” de Milan Kundera:
“Todos necesitarnos que alguien nos mire.
Sería posible dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la
cual queremos vivir. La primera categoría anhela la mirada de una cantidad
infinita de ojos anónimos, o dicho de otro modo, la mirada del público (..). La
segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de muchos
ojos conocidos. Estos son los incansables organizadores de cócteles y cenas.
Son más felices que las personas de la primera categoría quienes, cuando
pierden a su público, tienen la sensación de que en el salón de su vida se ha
apagado la luz. A casi todos ellos les sucede esto alguna vez. En cambio, las
personas de la segunda categoría siempre consiguen alguna de esas miradas
(…).Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la
persona amada. Su situación es igual de peligrosa que la de los de la primera
categoría. Alguna vez se cerrarán los ojos de la persona amada y en el salón se
hará la oscuridad. (…) Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la
de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Son los
soñadores".